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lunes, 2 de abril de 2012

R E D E N C I O N

La Redención humana es la esperanza de los seres que, pese a sus errores, la buscan, muchos, guiados por el recuerdo de la figura de Jesús de Nazareth, EL REDENTOR, y de aquel día de La Crucifixión.
Aún hoy, pese a la gran desorientación espiritual y desorden humano, se sustenta que el extremo martirio de la Cruz, fue la demostración más sublime de Amor y Perdón, idea que compartimos.
Vamos a traer a nuestra memoria varios hechos de la trayectoria humana del Maestro, en particular los relacionados con su misión doctrinaria.
A los pocos días de nacido Jesús, fue llevado al Templo para cumplir con la ceremonia de la circuncisión, que se practica a los hijos varones. A los 13 años, cumplió con el rito denominado Bar Misbáh que representó la celebración de su mayoría de edad religiosa, recibiendo el título de “hijo del precepto”. Asumió en este acto el deber de observar todas las prescripciones, como miembro adulto de esa comunidad. 
Jesús tenía 14 años cuando, mediante su actividad mental, comenzó a tener comunicaciones con DIOS, respecto a su preparación espiritual y humana para cumplir la misión redentora que había asumido como compromiso a cumplir.
Estas experiencias espirituales eran conocidas por sus padres, María de Jericó y José de Nazareth, quienes también en su momento y tiempo atrás, recibieron aclaraciones espirituales de DIOS sobre la misión a cumplir por el espíritu que estaría en su sexto hijo, y a quien deberían llamar Jesús.
El Maestro, pese a su juventud, atraía la atención. Su fisonomía revelaba una inteligencia vivaz, que iluminada por una mirada clara, le daba una expresión de incomparable dulzura.
Comenzó su misión humana a los 18 años. Tuvo instrucción, aquella que estaba al alcance de un hogar humilde, donde logró aprender a leer y escribir, como los demás hermanos que componían su familia. Esto le permitió participar en el templo en la lectura de los libros sagrados.
En el camino que va de Jericó a Jerusalén, se percibe una humilde choza. De ella sale una anciana en actitud desesperada y distingue a lo lejos un grupo de tres hombres; corre a su encuentro y luego de muchos tropiezos se dirige al de mayor estatura, y le dice: “¡Pronto... ven, mi hija se muere!...” El interpelado, le responde: “¡Muéstranos el camino!”
Al llegar, el más alto de ellos se dirige a un camastro donde está postrada una joven de aspecto cadavérico; éste, que es Jesús, se eleva pronunciando estas palabras: “¡DIOS, alíviala!”. Después de esto, le instruye sobre lo que debe hacer para recuperarse.
La madre, emocionada por tanta bondad, se acerca a su bienhechor expresándole agradecimiento; Éste recorre con  mirada escrutadora la habitación, y dándose cuenta de la miseria en la que están le dice al apóstol Pedro: “Entrégale las provisiones que llevamos”.
Después, dirigiéndose a la joven, le expresa: “Hermana mía, recuerda que debes agradecer únicamente a  DIOS  la salvación de tu vida, y la mejor forma de reconocerlo, es haciendo siempre el bien a los que sufren. Estos hermanos míos que me acompañan, son mis apóstoles Pedro y Juan, siempre te ayudarán”... Y sin agregar más, se aleja con sus hermanos.
Iba El Maestro con Pedro a una reunión, cuando se le acercó un hombre con sus ropas hechas jirones y le rogó: “¡Oh, tú, que eres poderoso y que tanto bien haces! ¿No podrías ayudarme con un poco de dinero para obtener ropas y alimentos?”
El Redentor se elevó a DIOS para ayudar a aquel ser, recibiendo una descripción espiritual por la cual comprobó que el pordiosero acababa de estar contando monedas de oro y llevando una vestimenta completamente diferente a la que en ese instante tenía puesta. Entonces, sonriendo le dijo a su apóstol: “Cambiarás tus ropas por las de este pobre; habitarás su choza; él vendrá conmigo, yo lo ampararé”.
El menesteroso, con los ojos fuera de sus órbitas, dio un grito: ¡No!... y corriendo alocadamente, escapó. Jesús, dirigiéndose a Pedro, expresó: “Sin embargo, por este camino hubiera sido dichoso:”
Atravesaba Jesús un pueblo de la Judea, cuando le salió al encuentro un hombre de unos 45 años, muy fornido, un poco deforme por su obesidad, y le dijo: “¡Oh, Maestro, si vieras cuánto sufro!...desde que me casé he trabajado para mantener a mi mujer e hijos, no obstante, ellos me recriminan, como si fuera poco el sacrificio. Quisiera que tú les aconsejaras para que me respeten; soy el jefe de la familia”.
Jesús se elevó a Dios y una descripción espiritual se fue desarrollando en su mente acerca de la existencia de este hermano:
Hasta los 24 años, lo habían mantenido sus padres, sin haber trabajado nunca. A esa edad se casó con una mujer fuerte a la que hizo trabajar para mantener el hogar y realizar los quehaceres domésticos. Vinieron los hijos; ya grandes trabajaron y él siempre holgazaneaba, y no contento con ello, quería dominar a quienes por su trabajo se habían hecho libres.
El Maestro sonriendo le dijo: “Te estás haciendo responsable por la forma en que te conduces en tu hogar. En adelante vivirás de tu trabajo y ellos del suyo; así habrá paz en tu casa”.
Encontrándose Jesús en el Templo de Jerusalén, éste estaba lleno de fieles que escuchaban los oficios religiosos, pues era día de fiesta.
En ese momento, un rabino con ademanes enérgicos dirigía la palabra: “Hijos de Israel: deben trabajar para acumular riquezas, que harán en la Tierra la grandeza del pueblo de Israel, pues el Profeta Moisés ha recibido revelaciones de DIOS anunciándole la llegada de un Mesías, quien salvará al mundo”.
Jesús lo interrumpió, pidiendo la palabra, porque era permitido que cualquiera que se hallara en el templo podía interpelarlo. Obtenido el permiso, con gesto tranquilo, dijo:
“Hermanos: yo soy El Redentor que vengo a traer la Luz Espiritual y los conocimientos de los Ordenamientos de Dios, y en consecuencia, soy el Mesías que ha sido anunciado”.
Hubo un murmullo en el templo. Jesús prosiguió:
“Es necesario que sepan que DIOS es contrario a las riquezas que sólo producen debilidades, perdiendo a la humanidad. Por ellas, serán desviados de las buenas acciones y pensamientos, que permitirían al ser humano lograr la evolución, y así llegar junto al Creador, en la dicha de la eternidad sin fin”.
Pero no pudo terminar; voces amenazadoras se hicieron oír y esa multitud tan sumisa se agitó y vociferó en su contra. Él conservó la tranquilidad; con los brazos cruzados sobre el pecho y elevándose al Creador susurró lentamente: “¡DIOS mío!... dales un poco de Luz para que los ciegos vean y los sordos oigan...”
El Maestro tuvo que abandonar el templo empujado, amenazado e injuriado por aquella muchedumbre a quien Él quería iluminar, señalándoles el camino del Bien, para que lograran el retorno a la dicha.
En otra de las visitas que Jesús hizo al Templo en día de fiesta, un dirigente religioso decía a los fieles: “No es posible dudar de la superioridad del pueblo de Israel, que debe desarrollar e imponer a los pueblos bárbaros las creencias judías que nos han sido legadas por Abraham, Jeremías, Josué y Moisés; pero esto no lo alcanzaremos nunca, si no trabajamos con perseverancia para acumular grandes riquezas, que nos permitirán imponerlas”.
Jesús, interrumpió al orador, y habló así a la concurrencia: “Hermanos: es necesario que sepan que están en este mundo para evolucionar. Que si los espíritus fueron creados libres, por consiguiente, deben tener su libre albedrío en la Tierra. En consecuencia, no debemos jamás imponer nuestras creencias, pues los que tienen la dicha de sentir los impulsos de la fe, serán los que sacarán de sus inspiraciones las energías espirituales para  constituir los valores humanos y las virtudes necesarias para vivir humildemente y con compresión. Ahí está el comienzo de la dicha en este mundo humano, y la que nos espera en La Eternidad Sin Fin”.
Estas palabras, profundas por las sublimes verdades que encerraban, no eran del agrado de esos dirigentes religiosos que dominaban al pueblo, y para impedirle que siguiera desarrollando su doctrina, uno de ellos, se puso a gritar: “¡Abajo el impostor!... ¡Que lo echen del Templo!...” Y la multitud, a la que Jesús quería salvar, se lanzó contra Él y lo expulsó nuevamente, maltratándolo.
Después de lo acontecido, El Maestro recibe indicación de DIOS para que reúna a todos los discípulos de la Idea Nueva.
En una caverna llamada la cueva de Jonatás, ubicada a pocos  kilómetros de Jerusalén, se halla Jesús reunido con sus apóstoles y discípulos porque ha llegado el momento en que se dispone a efectuar otra visita al Templo. Triste y pensativo presiente lo que puede suceder, pero tranquilo, está resuelto a cumplir. Mira a todos y para cada uno tiene un pensamiento, pues ellos representan años de obra espiritual dedicados a transmitir los Ordenamientos de DIOS.
Con voz grave, suavizada por la melancolía del tono de sus palabras, les dice:
“Hermanos: debo ir a Jerusalén, quizás me espere algún peligro, deberán reunirse en el Monte de los Olivos, a donde iré yo. No olviden que les he dado cita en la morada oculta de Belén; ya conocen las instrucciones para encontrarnos allí. Si dentro de tres días no estoy con ustedes, se alejarán y tomando por caminos diferentes, volverán aquí antes de marcharse. Es indispensable que sean prudentes, hay muchos peligros y es imposible reunirnos sin llamar la atención; podría ser causa de arresto”.
Calla… quedando pensativo con los brazos cruzados sobre el pecho; no puede desprender su mirada de ellos, a quienes contempla como una parte de su ser, pues presiente su martirio.
Después de este silencio, prosigue: “Les he enseñado los fundamentos de Los Ordenamientos de DIOS, para que los extiendan por el mundo. Que el amor fraternal los una siempre. Uno de ustedes irá a Nazareth y comunicará a Magdalena que vaya inmediatamente a la cueva de Jonatás, y si no encuentra a ninguno de nosotros, que siga a Jerusalén y me busque”.
Imparte el Fluido Espiritual del Bien a los presentes, y llamando aparte a Mateo le dice: “Hablarás con Magdalena, le dirás que mi vida está en peligro, que necesito su ayuda. Si no me encuentra, ella recibirá las instrucciones de DIOS, sobre el camino a seguir”.
En el otro extremo de la mesa, está uno de sus discípulos con la cabeza inclinada, como avergonzado; este hombre, con barba roja muy espesa, se llama Judas Iscariote; en ese preciso momento, toma la decisión de traicionar al Maestro y forma su plan.
Como Jesús lo había indicado, se encuentran sus apóstoles en el Monte de los Olivos; éstos hacen afanosos preparativos con el fin de alejarse de Jerusalén. El Maestro, de pie, conserva siempre ese aspecto solemne que le conocemos, se ve en medio de sus discípulos, su mirada denota tristeza y cierta preocupación.
Acaba de pasar tres días con ellos y deben huir, pues le han avisado que van a ser perseguidos y que ya han obtenido la orden de hacerlos arrestar. Él tiene bajo su cuidado a sus hermanos de misión, y la actividad de éstos contrasta con su calma.
Jesús, solicita al Creador la ayuda y el auxilio para los suyos. Con la rapidez de un relámpago recibe la espantosa comprobación de que ha sido traicionado por uno de sus discípulos. Y luego, en una emocionante percepción espiritual, identifica la cara del responsable. A pesar de sus esfuerzos, no puede evitar gruesas lágrimas y haciendo una señal a sus hermanos, les indica suspender los preparativos.
Conduciéndolos a la cumbre del Monte, les dice: “Hermanos: hemos sido delatados por uno de los nuestros... es inútil intentar huir; allí hay soldados que nos esperan para arrestarnos... escapen hacia Jerusalén”.
Efectivamente, en el punto indicado, al pie de la colina y en dirección al desierto hay soldados.
Judas, preso de sus remordimientos, murmura: “Perdón, Maestro!... no soy más que un miserable... te he vendido... ¡Merezco la muerte!...”
Profundamente afligido, Jesús le contestó: “Hermano, estás perdonado”.
Aniquilados por la noticia, los apóstoles reaccionan y dicen: “Eres tú quien debe partir hacia Jerusalén, pues nuestro deber es quedarnos aquí hasta la muerte...” El Maestro, haciendo un gesto negativo, les contesta: “Es a mí a quien buscan..., partan cuanto antes, yo les prometo estar siempre con ustedes...” Entonces, se ve a esos hombres llorar como niños.

Jesús, despidiéndose, los abraza. Se van apesadumbrados y toman el camino que conduce a Jerusalén, se detienen y vuelven; El Maestro les imparte Fluido Espiritual, invitándoles a proseguir el viaje.
Judas no sigue la marcha; acosado por los remordimientos, no ha visto ni oído nada de lo que ha pasado. De pronto, comprende la infamia por él cometida y en un acto de desesperación, toma el camino del desierto.
Minutos después, Jesús ya solo, es hecho prisionero por los soldados pretorianos.
Judas, luego de varias horas de marcha por el desierto, agobiado por la fatiga, cae rendido. La fiebre se apodera de él; la sed aprieta su garganta; se levanta; prosigue su marcha, pero habiéndose perdido, deja su existencia humana  en medio de espantosos sufrimientos.
El Maestro es llevado bajo buena escolta; un soldado lo conduce arrastrándolo con una soga que está fuertemente sujeta a las muñecas del prisionero; otros lo van empujando brutalmente. Una muchedumbre enceguecida lo sigue, injuria y maltrata. Lo habrían linchado si no hubiera sido por la llegada oportuna de dos de sus apóstoles, que ayudan a rechazar a los agresores. Los que logran conjurar el peligro son Pedro y Juan.
Jesús es llevado ante Poncio Pilatos que se halla rodeado de rabinos y altos sacerdotes judíos, éstos han tomado la resolución de condenarlo. Lo acusan en alta voz de haber profanado su Templo y proferido insultos contra ellos y las autoridades. El Gobernador lo emplaza a defenderse de las acusaciones.

El Maestro declara: “Soy Jesús. He ido al Templo a llevar el conocimiento de Los Ordenamientos de Dios, y he invitado a los allí presentes a rechazar la mentira con la verdad; a amar, en vez de odiar; a ser virtuoso por los hechos, no por las palabras; a ser hermano ayudando, no predicando; que el verdadero ignorante es el que hace el mal y el verdadero inteligente es el que lo erradica; que amar es dar, y no quitar; que la verdad redime y no rebaja; que somos hermanos, hijos de DIOS, y que debemos unirnos por amor para llegar a la completa purificación; que se es bueno dando, y no quitando; que las religiones que se imponen por la riqueza serán redimidas mediante la virtud; que a los Ordenamientos de DIOS no hace falta imponerlos; que la mayor riqueza que tiene el ser en condición humana son sus cualidades virtuosas.
Ámense como hermanos y no se odien, porque serán esclavos. DIOS me ha permitido extender Los Conocimientos Espirituales en este mundo, para que la humanidad salga de su equivocación y encuentre la senda del amor”.
Estas palabras producen en Poncio Pilatos una extraña sensación y un verdadero cambio de opinión, favorable para el acusado; lo cree inocente y quiere salvarlo. Llama a los rabinos y les dice: “Amigos míos: yo no puedo condenar a este hombre, no ha hecho nada malo; tiene su creencia como ustedes la suya”.
Pero los sacerdotes lo emplazan para que le aplique la pena de muerte, pues de lo contrario lo acusarán ante el gobierno de Roma.
Entre tanto la gente, incitada, grita: “A muerte...! A muerte...! Estos gritos acobardaron a Poncio Pilatos, quien tuvo la debilidad de condenarlo. Entonces, Pilatos entrega a Jesús a los soldados para que lo lleven a prisión.
En una sinuosa callejuela, dos guardias abren paso a través del pueblo agolpado que grita de modo agresivo. El Maestro da una imagen que nos sobrecoge a todos, aún tratándose de una descripción espiritual. Ello sucede porque somos sus hermanos, lo amamos, tenemos Fe en Él, hemos comprobado que es El Redentor.
Jesús cae de rodillas, el guardia utilizando un látigo lo golpea. Su cabeza casi no puede levantarse porque lo dificulta el madero que tiene cruzándole la nuca. Su rostro está mojado por las propias lágrimas, la sangre y el sudor.
Inmediatamente se observa a una mujer que corre hacia Él; uno de los guardias trata de impedirlo. Ella lo intenta de nuevo, otro guardia la ayuda a abrirse camino. Ella llora amargamente y consigue ayudarlo a levantarse. Él le pide: “Dile a mis padres que están en Nazareth, que voy a ser crucificado... en El Bien los aguardaré”...Esto es todo lo que puede decirle, pues los soldados la alejan con brutalidad.
Esta mujer es Magdalena, única persona conocida que lo acompañó hasta el Gólgota. Ello se debe al fiel cumplimiento que dio Mateo al encargo de Jesús: ninguno de sus discípulos asiste a su muerte. 
Jesús, debilitado por los padecimientos físicos, soporta con compresión el terrible martirio. Su entereza proviene de una energía superior que lo alienta: su Fe en DIOS.
La caravana llega al lugar del calvario, hay dos cruces con dos víctimas colgadas. Se hallan con vida. Dos soldados están abriendo un tercer foso para colocar la Cruz que comienzan a armar.
Jesús es desnudado completamente. Sus ropas son quitadas violentamente en medio de burlas. Lo desatan del madero que traía sobre sus hombros. Vuelcan su cuerpo, boca arriba, sobre otro madero que está en el  suelo, en forma de cruz.
Varios son los guardias que comienzan a levantar la Cruz, con la preciosa carga. La cabeza de Jesús se mueve hacia ambos lados, con estremecimientos que reflejan el martirio que está soportando.
El pie de la Cruz es introducido en el pozo, al que cubren con tierra y muchas piedras alrededor.
El cuerpo del Mártir comienza a sufrir las dificultades respiratorias propias de la posición: espasmos, ahogos, calambres se suceden sin cesar.
Agonizante ya, Jesús no puede contenerse y haciendo un esfuerzo sobrehumano en una exaltación de Fe sublime, se dirige a DIOS con estas palabras: “Padre..., perdónalos... pues no saben lo que hacen”.
Su cuerpo se afloja y su cabeza se inclina hacia la derecha  sobre el pecho. Uno de los guardias con la lanza en la mano se acerca y, pensando que aún está con vida, introduce la punta del arma, sobre la parte izquierda del pecho. Pero Jesús no se movió, pues ya había dejado su cuerpo biológico.
La descripción espiritual nos permite observar el mismo sitio; el lugar está solitario y la noche bastante lúgubre e impresionante debido al aspecto de los ajusticiados.
El terreno donde está la Cruz del Maestro es de una elevación regular. Alguien se acerca, es la figura de una mujer alta y fuerte. Se encamina hacia la cruz donde está el cuerpo de Jesús, tomando precauciones para no ser vista. Se arroja a los pies de la misma y llora desconsoladamente... Es Magdalena.
Se pone de pie y procura tocar el cadáver del Mártir. Logra acercar sus manos a los pies y los acaricia llorando. Mira hacia los costados con temor.
Lo que nos permite identificar a alguien que, en la oscuridad, observa la escena… se acerca a Magdalena; es el guardia encargado de cuidar los cadáveres, conversa con ella. Luego toma de una de las cruces vecinas una escalera bastante alta, la acerca al cuerpo de Jesús, del lado derecho. Da instrucciones a Magdalena, quien sube hasta llegar a la altura de la mano derecha del Maestro, estudia al parecer cómo proceder. Desciende, toma una piedra y sube nuevamente, utilizando la piedra, consigue desclavar el brazo derecho, éste cae liberado.
Magdalena desciende, colocan entonces la escalera en la parte de atrás de la cabeza de Jesús, sube y le quita la corona de espinas arrojándola hacia un costado.
El guardia le indica que pase el manto que trae por debajo de los brazos del cuerpo yaciente y lo ate al madero, vuelve a bajar, apoyan la escalera sobre el lado izquierdo a fin de efectuar la misma tarea que con el brazo derecho. El cuerpo del Maestro hace un movimiento tal, que de no haber estado atado al madero, se hubiera descolgado hasta el suelo.
Magdalena queda en la escalera esperando instrucciones del guardia. Éste, apoyándose sobre las piedras que se encuentran al pie de la Cruz, quita el clavo que une ambos pies. El cuerpo ha quedado sólo atado al madero, por el manto de Magdalena y la soga que tiene aún sobre la cintura; la desata, luego suelta las ataduras del manto.
El cuerpo comienza a descender suavemente. Magdalena hace esfuerzos superiores a sus posibilidades. El guardia va recibiendo el cuerpo muerto, es pesado, el hombre se apoya firmemente en sus piernas. Ella va descendiendo escalón por escalón hasta que el preciado cuerpo de Jesús es depositado totalmente sobre el guardia.
Magdalena coloca sobre el suelo el mismo manto y el cadáver es descendido en él. Luego se arroja sobre el cuerpo inerte y llora amargamente, por quien ella tanto ha amado. Pasados unos momentos se va tranquilizando y da comienzo a la tarea de limpiar, con una tela, el rostro de Jesús. Tarea amorosa y delicada. La sangre está seca y pegada a los cabellos, como así también sobre la barba y el cuerpo.
Se percibe una Luz espiritual al lado de Magdalena. Es la presencia espiritual del Maestro, que le produce paz y tranquiliza su estado de ánimo. El guardia muy emocionado observa.
Tratan de levantar la tela que sostiene el cuerpo del Maestro. Ella toma la parte donde descansa la cabeza, el guardia levanta la parte donde se apoyan los pies. Los brazos cuelgan a los costados del cuerpo muerto, caminan en la oscuridad y desaparecen en ella.
Observamos un lugar inhóspito, de terreno arcilloso. Se ve ripio, piedras grandes y también pequeñas. No hay vegetación.
Depositan el cuerpo en el suelo. Está amaneciendo. El guardia intenta cavar una fosa. La Luz espiritual que observamos en la descripción anterior se hace presente de nuevo. Está allí con ellos, Jesús los acompaña.

Junto con el guardia, Magdalena levanta el cuerpo y lo deposita con el mismo manto en la tumba. Ésta no es muy profunda, ya que parte del cuerpo queda hacia fuera. Lo cubren con piedras pequeñas primero, luego con otras de mayores tamaños y más peso.
Nadie podría imaginar, que debajo de esas piedras, está el cuerpo del Redentor.
Finalizada la tarea, el guardia se despide de Magdalena. Se toman de las manos y brazos. Ella queda observando la tumba y llora. Su estado espiritual le permite comprobar y percibir a Jesús que le transmite: “Magdalena, seca tus lágrimas... Te hago saber que soy feliz junto a DIOS. Tu abnegación será recompensada y un lugar te espera junto a mí. Vete querida hermana... Soy muy dichoso... En el nombre de DIOS te guiaré”.
Pasaron los siglos y seguirán pasando, como lo es este tiempo humano; en esa tierra arcillosa de ayer, se encontraba el cadáver enterrado del Maestro, Jesús, El Redentor.
ACLARACIÓN DEL REDENTOR JESÚS DE NAZARETH EN ESCUELA CENTRAL, RAWSON 53, CAPITAL FEDERAL, ARGENTINA, EN LA ESCUELA PARA DIRECTORES ESPIRITUALES, REALIZADA EL DÍA 26 DE JULIO DE 2008.
Con respecto a su cuerpo biológico, el Maestro nos aclaró que, fue tanto el tiempo en que permaneció sepultado, y que si bien se hizo mucho mas lento el proceso natural de disgregación del mismo, por hallarse en un terreno arcilloso, propicio para una mayor conservación, ésta no escapó al Ordenamiento Espiritual y Humano que rige para todo ser después de haber dejado el espíritu su existencia humana. Después del transcurso de tanto tiempo, actualmente no quedan vestigios de aquel que fuera su cuerpo.
A CONTINUACIÓN SE TRANSCRIBE LA ACLARACIÓN DE JESÚS DE NAZARETH EN LA CLASE PARA DIRECTORES ESPIRITUALES Y DISCÍPULOS COLABORADORES, EN REFERENCIA A LOS RESTOS HUMANOS DE NUESTRO MAESTRO JESÚS DE NAZARETH.
REALIZADA EL DÍA 09 DE OCTUBRE DE 2010, EN LA SEDE CENTRAL MUNDIAL, AV. RIVADAVIA Nº 4260, CAPITAL FEDERAL, ARGENTINA

-         El Maestro: Hermana Directora, hermana que coordinas, algún Discípulo en este Aula de Enseñanza Espiritual, ¿querría hacerle a este Maestro en esta Clase Espiritual, alguna pregunta? (La hermana coordinadora ubica algunos hermanos al frente para preguntarle al Maestro.)

- El Maestro: Antes que hagas la pregunta, siempre te recuerdo: estamos en la Judea, al aire libre, sentados como pueden; y aquí está Jesús; y ustedes preguntaban. Aclaro esto porque algunos de los que están aquí, estaban allá en aquel momento. Adelante.

- Primera hermana: ¿Donde están tus restos?

- El Maestro: Si contesto la pregunta podría crear un conflicto y no lo debemos hacer. Por otro lado, tu pregunta que interpreto, tu sana curiosidad querida hermana, pero a mí me interesa recuperarte como hija de Dios que eres. No dónde está mi cuerpo, ya lo dirán en su momento y muchas veces, habrás escuchado esta respuesta… Yo te diría que quizás ni se van a dar cuenta, porque es probable que al encontrarlo lo comercialicen.

Yo no quiero ser más material descartable, me refiero a ese cuerpo, pero tampoco quiero ser utilizado para engañar a mis hermanos.

Personalmente, como si fuera humano, podría tener un sentimiento, como lo tienen todos los humanos de encontrar los cuerpos de sus seres, eso sucede porque no hay educación espiritual pero, yo como espíritu teniendo la responsabilidad que tengo, cumpliendo hasta ahora lo que me he comprometido ante nuestro Creador, no llegaría ni tengo que hacerlo a ocuparme de aquello que ya no sirve, que ya no es útil, en cambio, los pícaros podrían sí, aprovecharse, aún no encontrándolo han desvirtuado tanto mi existencia humana, mi partida y los restos de mi cuerpo.
        
Busca siempre la profundidad de lo espiritual que la Escuela te explica, el cuerpo que he tenido, la satisfacción de haberlo utilizado para tomar experiencia como un ser humano más, no tengas dudas de tus intuiciones, porque lo único que te lleva a hacer esta pregunta, es una sana curiosidad que te comprendo. Te abrazo espiritualmente.

Aclaraciones del Maestro en el Acto Espiritual Central Redención efectuado en el año 1995
Se procedió a efectuar dos descripciones espirituales. En la primera, se reconoció a quien había sido un apóstol de Jesús, llamado Judas Iscariote, quien había traicionado al Maestro, y se comprobó que tenía Luz Espiritual. El Redentor lo había perdonado inmediatamente, sin embargo, este hermano necesitó corregir sus errores para recuperar la armonía espiritual. Tiempo después la Dirección General Espiritual aclaró que Judas, habiéndose arrepentido casi inmediatamente de la traición al Maestro, cumplió su evolución espiritual en los niveles espirituales, sin necesidad de volver al mundo humano. Y que, al presente se encuentra colaborando, nuevamente, en la Obra de la Redención Espiritual.
En la segunda descripción espiritual se reconoció a quien había sido el Gobernador Poncio Pilatos, quien también tenía Luz Espiritual. El Maestro manifestó haberlo perdonado inmediatamente de cometido el error de condenarlo a muerte. Con posterioridad la Dirección General Espiritual explicó que este espíritu arrepentido, tuvo que pasar varias veces por el mundo humano para lograr su evolución espiritual y que al presente se encuentra colaborando en el Bien.
Hemos podido comprobar que el Perdón del Maestro  facilitó el arrepentimiento de estos hermanos.

ACLARACIONES  DE  LA
DIRECCIÓN  GENERAL  ESPIRITUAL
Siempre que el GUÍA Espiritual de la ENSEÑANZA, Jesús de Nazareth, autoriza al Director General Espiritual la realización de comprobaciones espirituales referentes a la existencia de los espíritus, a pasajes humanos, a hechos científicos, o a aclaraciones espirituales diversas, se las aceptó, se las comprendió y también se las rechazó.
Jesús afirma que cuando estemos en mejores estados espirituales, lo comprenderemos más y valoraremos lo que nos enseña, aún lo poco que podamos comprobar, y que esta limitación se produce por nuestros propios desórdenes espirituales, que nos hacen dudar de la verdad de sus lecciones.
Históricamente, diversas hermanas religiones han representado a Jesús cargando la Cruz en el camino hacia El Gólgota, y también, teniendo durante su martirio, clavos colocados en las palmas de sus manos.
Además, en algunas culturas dicen amar y seguir al Redentor, y recuerdan su crucifixión reconstruyendo el martirio con tanto realismo en su conmemoración, como si lo celebraran.
Debemos reflexionar: ¿Cómo un hombre brutalmente flagelado, por momentos inconsciente, mal alimentado, debilitado por la pérdida de sangre, podría tener las fuerzas suficientes para arrastrar una enorme cruz como la que se utilizó para crucificarlo? ¿Podrían las palmas de sus manos atravesadas por un clavo soportar el peso del cuerpo sin desgarrarse? ¿Puede despertar en los seres sentimientos de Amor y Fraternidad la representación de una imagen con lágrimas en los ojos, sangre en su pecho y en sus miembros? ¿Acaso nos produciría comprensión, la visión del cuerpo de un familiar nuestro, destrozado en un accidente? ¿Y que, en todos los aniversarios de su trágica muerte, nos lo mostraran? ¿Puede contribuir a que los hombres se encuadren en Verdad y en Justicia lo llevado a cabo, en algunos países, en los que por fanatismo se hacen crucificar para pasar por un sufrimiento similar al suplicio de la Cruz?
Las comprobaciones espirituales que La Escuela aporta referentes a la Crucifixión del Maestro se irán ampliando, a medida que nuestro adelanto en la faz espiritual, así lo permita.
Hoy podemos notar y razonar, que Magdalena, mujer fuerte, enérgica y sana físicamente no hubiese podido descender por sí sola, un cuerpo pesado en estado cadavérico.
Aún con la ayuda del guardia consistió en una tarea dificultosa. Pero, habría que preguntarse si, años atrás, hubiese sido adecuado afirmar que Jesús no llevaba la Cruz a sus espaldas.
La confusión existente en otros tiempos no lo hubiese permitido. Aún en las filas de la Escuela, algunos discípulos con mentalidad dogmática lo habrían criticado, rechazándolo, pues no estaban en condiciones de aceptar tal verdad.
Sabemos que el lugar del martirio fue un pequeño monte llamado Calvario (Gólgota, en hebreo).
En aquella época, los ajusticiados eran atados a la Cruz y el tiempo del suplicio en esa posición, era de hasta dos días. Sin embargo, el Martirio de Jesús clavado en la Cruz transcurre entre seis y ocho horas.
Su muerte se produce por espasmos de los músculos de la cara, cuello, tronco y miembros. Unidos a estados de contracción tónica continua. Científicamente se denomina a este proceso: TETANIZACIÓN.
Paralelamente la deficiente oxigenación de la sangre en los pulmones (HEMATOSIS) origina el bloqueo de los músculos respiratorios provocando la ASFIXIA.
En el momento de su partida, Jesús tenía aproximadamente cuarenta años. Su madre, Venerable María cerca de ochenta y dos. Su padre, Venerable José, alrededor de noventa años.
ACLARACIONES CON RESPECTO A JESÚS Y MAGDALENA.

MAGDALENA, la hermana discípula del Maestro, que bajó su cuerpo de la Cruz, ayudada por el guardia y le dio sepultura, no fue una mujer de costumbres disolutas, ni tenía las debilidades con que se la quiso revestir. Fue una alumna que con valor y entereza asimiló la Enseñanza Espiritual y siguió transmitiendo la Idea Nueva hasta una edad de 65 a 70 años. La acompañaban en la tarea otros discípulos, mujeres y hombres.
Frecuentemente se comete el error de confundir a Magdalena, la discípula y compañera de Jesús, con María Magdalena.
Las comprobaciones espirituales nos han demostrado que fueron dos mujeres distintas, ya que María Magdalena fue una hermana a la que el apóstol Pedro cuidó y salvó la vida, y  que luego difundió la Enseñanza Espiritual en Grecia, colaborando con él.
En cuanto a JESÚS, la Escuela aclaró en el año 1965 que no era DIOS, sino un espíritu de Luz que, como ser humano, tenía derecho a sustentar sentimientos: por sus padres, sus hermanos de sangre, por una mujer, etc. También tenía las necesidades que todos tenemos: hambre, cansancio, sed... Pero, como espíritu de Luz, su vibración lo elevaba por sobre las debilidades, estructuras y pautas culturales.
El Maestro amó profundamente a Magdalena, ella, a su vez le correspondía con amor, respeto y admiración.
Jesús, humillado e insultado por los rabinos, no contrajo matrimonio según el ritual religioso hebreo en el Templo del cual había sido expulsado. El Maestro, que sólo recibía indicaciones de DIOS, se unió con Magdalena en un acto espiritual íntimo, estando presentes Venerable María, Venerable José, y algunos discípulos.
Sabemos que no quedó descendencia directa de Jesús de Nazareth, debido a problemas orgánicos de quien fuera su amada compañera Magdalena. Si bien fue prematura la partida espiritual de este mundo de nuestro Redentor, la misión desarrollada por ellos no hubiera impedido llevar adelante además, el cumplimiento de tan digna responsabilidad, como es la de ser padres. Esto fue aclarado por el mismo Maestro en un mensaje espiritual en la Escuela para Directores Espirituales, el día 26 de Julio de 2008.

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